sábado, 21 de septiembre de 2013

P.I.

Es increíble como se puede encontrar en una plaza un lugar de pertenencia, refugio, magia y una fuente de saber. Me abre la cabeza, me aguanta, vive conmigo y nos emparejamos. Aprende sobre mi y yo aprendo sobre ella. Me apasiona, me hace reflexionar y me indica mil y una señales. Cada paso, cada instante ahí tiene algo para brindarme.

Lo que tiene es que, por más de que sea siempre la misma, cada día es distinta. Es diferente como me siento yo y la gente que la llena. Es diferente como se ven los colores y las nubes del cielo. Aunque siempre están los loquitos de la plaza. Esos que siempre que voy quiero conocer. Los que un día se me acerco uno y tuve miedo de ir. A veces son más, otras veces menos. A veces esta la cuerda, a veces se suman las telas. Pero en esencia siempre están haciendo presencia. De alguna u otra forma coinciden con mis sentimientos y estado de ánimo. Emblemáticos y libres.

Es un lugar que me vio crecer y vi crecer a lo largo del tiempo. De la misma manera que yo cambie ella cambió. Años después, sentada de otra perspectiva y con otro propósito, vi mi vida pasar. El motivo era diferente al infantil, tal vez era hora de crecer un poco pero en ese momento me vi en el subibaja con mi abuelo y no podía creer que era lo que pasaba en ese instante. ¿Como había pasado de ser una niña a una adolescente? En el fondo era nada más que una nena en un subibaja de emociones, insegura de que si sube muy alto, luego caer. Eso era lo que era. Y eso mismo invadió mi mente. No estaba lista. Se me llenaron los ojos de lágrimas y no pude dar ninguna respuesta. No entendí como había ni cual era la propuesta y que implicaría. No era mi momento.

No comprendí como había cambiado tanto ese lugar y no conseguía recordar como era antes. Al igual que yo. Fuimos creciendo, remodelandonos, llenandonos y vaciandonos. Siempre juntas. Al igual que las personas entraban y salían, lo hacían mis sentimientos. Al igual que las palomas que se quedaban y después huían, lo hacían mis pensamientos. Al igual que los días grises y los días celestes, me encontraba yo. Y en todos los recuerdos que atesoraba, en todos los rincones estaban mis pasos.

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